Michael Merzenich y Norman Doidge documentaron que el cerebro adulto conserva capacidad de reorganizarse: la neuroplasticidad no es una metáfora motivacional, es un mecanismo observado. Eso significa algo muy concreto para quien lleva quince años haciendo marketing de una manera y siente que el suelo se mueve: aprender una disciplina nueva a mitad de carrera es difícil y perfectamente posible. Difícil no es lo mismo que cerrado, y confundir las dos cosas es lo que paraliza.
Carol Dweck añadió la otra mitad: lo que predice quién sigue aprendiendo bajo presión no es el talento de partida, sino si la persona trata su propia habilidad como algo fijo o como algo que se desarrolla. Quien la trata como fija abandona en el primer tramo duro, que es justo donde empieza lo que valía la pena aprender.
Por eso vuelvo a Megginson —no a Darwin—. Su frase dice que sobrevive quien mejor se adapta al cambio, y resulta que tenía razón por un motivo que él no podía conocer en 1963: hay un sustrato biológico que lo permite. La idea era correcta. La atribución era falsa. Y el mecanismo que la sostiene se documentó cuarenta años después.
De ahí que no me preocupe demasiado qué herramienta va a ganar. La ventaja de los próximos años no va a estar en la herramienta que uses, sino en la velocidad a la que puedas soltar la anterior. Eso no se compra: se entrena.